Monday, March 8, 2010

LOS OSCARES Y LA ACADEMIA REGION 4.

La entrega de los Óscares es el placer culpable más grande en la historia del entretenimiento. Cada año, todo mundo putea alrededor de el evento. Todo mundo se vuelve crítico de cine, de moda, de medios de comunicación, de guionismo televisivo, de traducción simultánea, etc., sin mencionar obviamente los sesudos e instantáneos adjetivos para los nominados y cada uno de los ganadores en las diferentes categorías.

Todo mundo se queja. Hasta los que asisten en vivo al evento en Los Ángeles. Los meros-meros actores, actrices, divas, productores. Que si dura mucho, que si los cortes a comerciales, que si el acomodo de los asientos, que si tal o cual Host, que si el tráfico de limos, que si 10 pelis son muchas, seguido por un largo etcétera.

Aún así, la entrega de los Óscares es algo que tiene a un par de billones de personas, en todo el mundo, pegados a la televisión. Según datos de las cadenas norteamericanas, este año rebasó el rating de los 5 años anteriores con unos 41 millones de telespectadores en Estados Unidos solamente. 

Lástima que no haya pasado algo realmente memorable. 

La mayoría de los ganadores correspondían a las predicciones -y apuestas- que semanas atrás se venían manejando en los medios.

No hubo ningún “Oscar Moment”, ésos que hace las delicias de los medios y espectadores en la miríada de clips-ensamble que se generan año con año. El único, será quizás el de la directora Bigelow, que se erige como la primera mujer en ganar la estatuilla en la categoría de dirección y la gran coincidencia de ser ex-esposa del también nominado y controversial “King of the world”. El otro asunto memorable -pero fuera de la transmisión- fue el twitcast. Twitter permitió a miles de personas en todo el mundo opinar en línea, en tiempo real, de lo que acontecía por televisión. Si bien había muchos medios profesionales como Variety, Hollywood Reporter o CNN, a la par decenas de reporteros twiteaban sin parar sus experiencias personales, la gran masa nos conformamos en “echar la chacota” del evento, como si estuviéramos todos en una gran sala comunal donde cruzaban los chistes de un lado al otro de la red en diferentes idiomas. 

En la organización del evento, este 2010 vio el incremento de filmes nominados como “Mejor película” de 5 a 10. La última vez que sucedió esto fue cuando ganó “Casablanca”. Imagínense. La razón? Detonar las economías alternas que confluyen en el evento y en el telecast. Las revistas, los medios online, los periódicos, la publicidad outdoor, las agencias de RP y publicity, etc, etc. La derrama económica aumentó, si bien no al doble, sí un sano porcentaje. 
Otro cambio, el experimento con dos Hosts. Por simpáticos que fueran Steve Martin y Alec Baldwin, el resultado no fue nada del otro mundo, bien pudieron haber conducido “Doogie Howser” y el avatarizado Ben Stiller. El resto de las cosas permanecieron masomenos igual que como las hemos visto en las últimas, digamos, 30 ó 40 entregas. Ese template ha intentado ser copiado sin mucho éxito para TODAS las entregas de cualquier premio en cualquier parte del mundo. Desde la el reconocimiento de la Vendedora Diamante de Amway hasta los premios de oficina navideños al empleado “más cotorro”. Claro que nadie lo ha llevado a ese nivel clichesoso de glamour y perfección. Hasta festivales de cine del circuito mayor, como Cannes, Berlín o Venecia toman prestadas referencias de cómo lo hace la Academia en Estados Unidos. Y sólo lucen “de a de veras” cuando hay artistas Hollywoodenses caminando por las respectivas alfombras.
Penosas, eso sí, muchas de las adaptaciones locales en los premios país por país donde cada “Academia” hace sus reconocimientos. En México, los Arieles, cada vez más deslucidos, se presentan gracias a una Academia vetusta y anacrónica, pierdendo cada año recursos, credibilidad y medios que la cubran o la publiciten. Y no es para menos. Uno, la industria se ha movido como montaña rusa donde ha venido de 7 a 40 y pico, a otra vez 7 producciones al año. Y menos de una decena de películas no te hace una industria. Luego, los miembros en México de dicha agrupación pertenecen a otra generación, otras sensibilidades y otra red de amiguismos que nada tiene que ver con lo que la gente ve en las salas hoy en día.

En Estados Unidos, y por muchos años en el mundo (antes de la globalización de Internet), el decir “ganó un Oscar” significaba muchísimo para la gente. Había una credibilidad y un verdadero juicio de valor en ello. Hoy no tiene la misma importancia y la gente acabó entendiendo la subjetividad de ése y de cualquier entrega de premios. Que además han proliferado sin mesura y se han convertido en máquinas de promoción. Al final, nos volvimos más cínicos.
En México, el año pasado cuando por factura, popularidad y taquilla “Arráncame la vida” pudo haber arrasado la entrega de los Arieles, la “Academia” nacional le negó el premio relegándola a Mejor Adaptación solamente. Este año, nos guste o no, “El Estudiante” ha estado en boca de muchos en México como el fenómeno de taquilla. Pero para los miembros, no se les hizo “lo suficientemente buena” para incluirla en alguna categoría, pero en cambio, vemos nombre de actores, actrices y películas que nadie conoce y que sin contar con distribución pueden ganar algún premio. Eso es desconcertante. 

Si bien puede ser muy meritorio, como el ejemplo de Teresa Ruiz en Viaje Redondo -ganadora en Colombia y en el FICG del año pasado- la gente no ha visto esa película y, para ejemplos prácticos, no podrá dar un argumento a favor o en contra de la película ante las decisiones de un ente etéreo como es la Academia Mexicana, levantando el eterno “sospechosismo” de quién está detrás de ese tipo de acciones. Y todo esto acaba alejando a la Academia de la gente que paga su boletito en las salas.

Para lo copiones que son la mayoría de los mexicanos que trabajan en el espectáculo o entretenimiento nacional, ésta es una de las reglas que bien podrían haber copiado de la Academia Norteamericana: “La película suscrita tuvo que haber estado, dentro del período de selección, al menos una semana consecutiva en exhibición en una sala de cine abierta al público para poder ser elegida”, se lee en el instructivo de inscripción de piezas a los Óscares. Es lo menos, no? Eso forzaría a los productores a buscar distribución y exhibición ANTES de buscar un Ariel, y así con el éxito y apoyo -o no- de la audiencia, se hacen unos premios más interesantes donde la gente está involucrada de base. Sería un mejor espectáculo, más mediático, más derrama de dinero en las industrias alternas y se empieza un círculo virtuoso de promoción del cine nacional. 

Vean nomás AMERICAN IDOL o hasta LA ACADEMIA, o cualquiera de estos programas de televisión que arrasan en ratings y que, hasta visualmente, están mejor producidos que los desangelados Arieles. La gente está involucrada, ni qué decir de los patrocinadores o las televisoras. Imaginen el clamor nacional de ver la Mejor Película de unos Arieles bajo este esquema, jugar en la cancha de los Óscares. Se convierte en deporte nacional. Pero digno. Así pasa en cada país que tiene alguna apuesta fuerte. Las ciudades se paralizan para ver si su “selección” gana o no alguna estatuilla conviertiendo al director o actor o productor en héroe nacional. Vean la fabulosa experiencia que fue para India el retrato que el brit Dany Boyle les hizo en “Slumdog Millionaire”. Experiencias similares han vivido España con Almodóvar, China con Lee, Italia con Benigni, recientemente Argentina y otros tantos cada año.

Aunque el mundo entero se queje, el mundo entero ha soñado, al menos una vez, en el glamour, el nervio, la realización profesional, el ego-boost, etc, etc, que significaría la alfombra roja, la nominación, y el ganar un Óscar. El mundo del entretenimiento se ha alimentado de ello los últimos 82 años. Muchos sueños de profesionales han sido detonados de ver la entrega y escuchados una y otra vez “agradezco a mi agente y a todas las personas involucradas, bla, bla, bla”.
Estaría bueno que gracias a las pilas de toda una nueva industria mexicana de cine, y una posible refundación de la Academia, ese papelito mental donde todos hemos escrito nuestro speech de agradecimiento se desempolvara y lo pusiéramos en práctica, ahí junto con nuestro smoking hecho a la medida por nuestro diseñador internacional favorito. Eso sí, el primero que pase, por favor que no agradezca a la virgencita ni cierre con “viva México, cabrones!”. 

Música maestro...

Oliver Meneses

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